Diseño de portada. Erika Jazmín Martínez Castro

Capítulo de mi autoría del libro “Rompe Cadenas” publicado en Amazon.

Acercaos al borde.

                Podríamos caernos.

Acercaos hasta el borde.

              ¡Está demasiado alto!

ACERCAOS HASTA EL BORDE.

Y ellos se acercaron.

Y ella los empujó.

Y ellos volaron.

 

1. Y en el inicio no había cadenas… hasta que alguien te cuenta de ellas.

Hubo un tiempo en que no había cadenas en mi vida y todo era perfecto. Todo estaba bien. Ves el mundo desde 80 centímetros del suelo y el amor de tu familia sobre ti se derrama como agua de vida que alimenta tus emociones y tu vida semilla crece y se desarrolla sin conocer obstáculos, porque estos aún están lejos.

Cuando naces y creces en una isla que es suficientemente grande, tu mundo se siente inmenso.  Tu ciudad sólo tiene un límite, El Malecón, y es un lugar donde ir a escuchar el ronroneo del mar mientras la brisa cálida del trópico lame tu cuerpo dejándote sabor a sal. Los gritos de los caminantes que se hablan desde extremos opuestos de la calle resuenan con sonidos de rumba y salsa dando ese sello cultural del trópico: alegre, divertido y relajado.

Tu vida fluye al compás de esas olas y al igual que el agua, el tiempo de tu vida pasa inexorablemente dejando esos primeros años de juegos y enfrentándote a esos otros donde comienzan a gotear responsabilidades: tu carrera, tu futuro, tus propias decisiones.

 

Recuerdo aquellos años donde ya estaba en la Universidad, estudiando ciencias físicas. ¡Quería saber cómo funcionaba el mundo! Además de aprender con muchísimo interés sobre reglas matemáticas y leyes físicas, comencé a conocer a la generación de mis profesores. Ellos viajaban  “al extranjero” a colaborar con otras instituciones, y regresaban cargados de nueva energía y conocimientos. “El extranjero” en mi mundo era entre comillas, porque el extranjero era otro mundo.

En mi isla, los límites no sólo eran el mar, sino también las ideas de lo que había más allá del mismo. El viaje afuera sólo estaba permitido para elegidos y siempre estaba contenido en un riguroso plan diseñado por otra persona, nunca por el viajero.

Cuando eres joven, sueñas con conocer qué hay más allá del borde con ese espíritu de aventura característico del que no sabe y quiere explorar. Yo tuve esa dicha. A mis 18 años pude visitar una ciudad Holandesa por 10 días. Era parte de un equipo nacional que representó a mi isla en unas competencias del conocimiento. Nuestro plan de viaje estaba cronometrado, al igual que el de mis futuros profesores universitarios. Alguien, en algún lugar, controlaba nuestros tiempos.

Ocho años más tarde, ya graduado, volví a sentir esas cadenas invisibles. Alguien convirtió mi posibilidad de 4 años de estudio “afuera” en sólo 9 meses. Yo seguía sin saber dónde estaba la llave del candado.

A mis 18 años, en ese avión rumbo a la ciudad Holandesa, yo era un pichón que extiende sus alas por primera vez y en vez de caer, vuela más allá de sus límites.

Con una diferencia. El pichón decide cuánto dura su vuelo. Aquella emoción para mí fue tan grande que no noté mi cadena de tiempo. Era libre. A mis 26 años, la diferencia entre 4 posibles años y sólo 9 reales meses de permiso para estudiar “afuera” se sintieron como un fierro caliente que quema. Era un peso, un lastre, una señal que anunciaba que barrotes invisibles limitaban mis posibles movimientos. Era una cadena, porque estaba ahí sin yo escogerla y porque la misma se extendía dentro de una neblina que ocultaba al maestro de la llave.

Vivir 9 meses “afuera” cambió mi vida: otra cultura, otro clima, otra comida. Yo era un ave que había alzado el vuelo y se transformaba con los retos de estos nuevos lugares que había decidido visitar. Disfruté muchísimo mi vuelo. Sin embargo, terminado el tiempo de permiso, la cadena comenzó a tirar, y aunque yo no quería, emprendí el regreso. Conocí el dolor de no saberte libre y dueño de tus decisiones.

Conocí el “síndrome del regreso”: ese dolor de tener que volver a un nido que ya no te llena. Conocí la pesadilla que llega al despertar de tu sueño. Recuerdo que mientras la cadena me conducía de regreso, en aquellos momentos de angustia surgida de saberme preso en una certera trampa invisible, decidí que en algún momento rompería mi cadena y sería libre de nuevo.

 

2. Conviviendo con tus cadenas: la guerra incómoda

Todos tenemos nuestras cadenas. Podemos hacer como que no lo sabemos,  o podemos no darle importancia. Las cadenas no son buenas ni malas, son un reflejo de nuestras limitaciones físicas, mentales y emocionales. Son el espejo donde tropezamos y la imagen de vuelta nos da información sobre nosotros mismos.

Para mí, las cadenas son un reflejo de lo que te incomoda, de lo que quieres cambiar. Y para mí, la libertad de volver a visitar otros lugares “afuera” de mi isla se convirtió en algo fundamental. Mi cadena principal pasó a ser aquella que me impedía viajar a voluntad, todas las demás pasaron a un segundo plano.

Cuando supe que esa era mi cadena a romper, mi vida tomó un significado salido del propósito de la libertad. A la vez, sabía que el romper esta cadena era construir otra pues romper la cadena original no estaba permitido y este sería acompañado de un castigo: el vivir “afuera” por siempre.

Cuando llegas a esta situación, sabes que hay un punto de no retorno. Las demás aves de tu nido: tu familia (papá, mamá, hermana, sobrinas) no han escogido romper lo que para ti es una cadena, por lo que ellos seguirán viviendo en la hermosa isla, mientras tú vivirías a partir del momento de ruptura en el “afuera”.

Tal como estaban las cosas en esos momentos, no había tiempos precisos de reencuentros, y el profundo peso de esta decisión invadió mi vida tiñéndola de una nostalgia de soledad y ruptura. Comenzaba mi guerra emocional, guerra incómoda, guerra silenciosa contigo mismo, guerra en contra de lo que te han enseñado, del status quo, guerra por la construcción de una nueva identidad (sin cadena) frente a la identidad cómoda (la que sabe cómo vivir con la cadena). Guerra por la dualidad de dos personas que tienen que convivir en ti y coexistir sin que sea notado por los demás.

Igualmente se abrían otras posibilidades infinitas. Si ya no tienes nido, puedes volar al horizonte y si lo que te gusta es conocer lugares nuevos, está en ti desarrollar las alas que te permitan realizar ese vuelo.

¡Esto también asusta!

La guerra con tus cadenas es una guerra con tus decisiones, la guerra con tus decisiones es tu vida. En mi caso era una guerra, pues tal como estaban las cosas en mi isla, no era bien visto que alguien pensara en romper sus cadenas o quizás no volarías en mucho tiempo. Ese miedo penetró también en mi cuerpo y durante años estuvo presente .

 

3. Trasplantando tu ser: sin cadenas llegas a tus sueños.

Mi herramienta para romper mi cadena indeseable era mi formación profesional.  La misma me permitió viajar “afuera” por 9 meses. También me permitió repetir viajes a otros lugares más allá de mi isla. Mi formación profesional eran mis alas, y supe que tenía que hacerlas extremadamente fuertes. Me concentré en saber volar lejos, muy lejos y en eso pasaron otros 6 años de mi vida.

Volar “afuera” de mi isla siempre lo disfruté mucho. He sido un ave voladora, pero he pagado un precio: he sido un ave voladora solitaria y aunque siempre me ha gustado compartir mi vuelo, la mayoría del tiempo esto no ha sido posible. He disfrutado mis vuelos, pero también han sido tristes.

Siempre pensé que serían mis alas lo más importante, y hoy en día agradezco a ellas el haberme traído a otro nido pero he aprendido, por la vía difícil, que el otro nido se tiene que construir, y tus alas ya no son útiles para esto.

Con el tiempo aprendí que para construir otro nido se utiliza el corazón. Preparar tu corazón para romper tus cadenas es también una parte fundamental. Hoy en día te digo que es aún más importante que la herramienta específica que utilices para romper tu cadena. Para aprender a vivir sin tu cadena necesitarás mucho de tu corazón. Tus alas son tu herramienta para romper tu cadena, pero tu corazón te dará la energía para comenzar una nueva vida sin cadena.

Hoy en día he dejado de volar tanto. Ya he llegado a mi destino. He aprendido igualmente que el tiempo en tu nuevo destino es más extenso que tu vuelo. Tu corazón debe ser más fuerte aún que tus alas.

Hoy quiero transmitirte que si tienes alguna cadena que quieras romper, como fue mi caso, prepares tu instrumento, pero no olvides que debes prepararte también para vivir sin la cadena que has tenido por mucho tiempo. Construir otro nido es aprender a convivir con otros y para eso necesitarás otras herramientas.

Esta historia que les he contado, es mi historia con mi cadena, mi preparación para romperla, mi vuelo a otro nido, y el aprendizaje de construirlo. La primera parte de mi viaje, mi vuelo, comenzó a ser planeada cuando tenía aproximadamente 26 años. La segunda parte de mi viaje, aterrizar en mi destino, me tomó de sorpresa y me ha llevado un tiempo reaccionar. Mi nuevo nido no es perfecto. Aún le falta mucho para ser construido. El proceso de aprender a construirlo es hermoso, pero también doloroso.

Cuando rompes tus cadenas tienes que transformarte, y transformarte duele.

Si tu  cadena es una caja de cristal, te vas a cortar.

Cuando rompes tu cadena es para ir en busca de un sueño. Es un sueño porque cuando se lo cuentas a alguien te  dicen que estás loco. Es un sueño porque al principio no pensabas que fuera posible lograrlo.  Es un sueño porque no tienes claro cómo será tu vuelo, pero estás seguro que vas a volar aunque duela, porque tu deseo de volar será más poderoso que el dolor que este te traiga.

Hoy te digo que si tienes un sueño, y tienes una cadena que te impide lograrlo, no te  asustes. El mundo está lleno de historias maravillosas e inspiradoras de personas que comenzaron a volar sa

 

biendo que llegarían a su sueño aunque, inicialmente, pareciera imposible.

Sólo da el salto 

¡Verás que vuelas!

 

 

Te invito a participar dejando tu comentario. ¿Qué emociones has sentido mientras leías este post?


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